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Mar 03, 2026

Esto es lo que un estudiante detenido por ICE quiere que sepas

A Dylan López Contreras, un estudiante, el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, ICE, se lo llevó en mayo. The Guardian lo invitó a él y a cinco de sus compañeros a compartir un poco de sus vidas y sueños.

By Maanvi Singh, con textos y fotografia de estudiantes de la secundaria ELLIS Preparatory Academy

Vista del Bronx desde el High Bridge erigido por encima del Río Harlem. Foto capturada por un estudiante de ELLIS en una cámara desechable, cortesía de The Guardian.

Los estudiantes de ELLIS Preparatory Academy – como la mayoría de estudiantes de secundaria – tienen mucho en su cabeza en este momento: fechas de entrega de ensayos, aplicaciones universitarias, cuidar a sus hermanos menores y ensayos de baile. Pero tienen una preocupación más: los operativos de inmigración alrededor del país y el objetivo de “deportaciones masivas” del presidente.

Esta pequeña escuela secundaria en el Bronx es una de las pocas en la ciudad de Nueva York dedicadas a estudiantes que llegaron recientemente a Estados Unidos.

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En mayo del año pasado, Dylan López Contreras, un estudiante de noveno grado escolar en ELLIS de 20 años de edad, fue detenido en una audiencia rutinaria de la corte de inmigración. Dylan estaba terminando sus estudios, luego de que fueran interrumpidos por el arduo viaje que hizo desde Venezuela hasta la frontera de EE.UU. Hasta que un día, sin previo aviso, desapareció de la escuela y su nombre comenzó a aparecer en todas las noticias locales y nacionales. 

Según sus abogados, Dylan fue el primer estudiante de una escuela pública de Nueva York detenido por ICE. Desde entonces, ha estado detenido en el centro de procesamiento de ICE de Moshannon Valley en Philipsburg, Pennsylvania. El Departamento de Seguridad Nacional de EE.UU. no respondió a una solicitud de comentarios sobre las acusaciones de Dylan acerca de las condiciones en el centro de detención.

“Fue impactante”, dijo Roger, uno de sus amigos en ELLIS.

En los meses desde que arrestaron a Dylan, Roger y otros estudiantes han intentado tramitar su rabia y su duelo por lo sucedido mientras reúnen apoyo para su amigo. También han intentado imaginar las vidas que quisieran vivir y el mundo que habitarán después de graduarse de la secundaria.

Este invierno, Dylan y cinco de sus compañeros en ELLIS han estado documentando cómo son sus mundos, a través del uso de cámaras desechables, ilustraciones y palabras que capturan todo lo que están viendo, sintiendo y pensando en este momento.

Estas son sus historias.

Dylan, 20 años, estudiante de noveno grado de secundaria

Escribiendo desde el centro de procesamiento de ICE de Moshannon Valley, en Philipsburg, Pennsylvania.

La vida aquí tiende a ser bastante incómoda, estresante y monótona, entre otras cosas. A menudo hay muchos conflictos por cosas tan simples y triviales como roncar o dejar un pequeño pedazo de basura. Aquí estamos viviendo juntos con personas de diferentes culturas y además tenemos que tolerar a los guardias, que a menudo son racistas y nos maltratan.

Hay mucho ruido aquí por múltiples razones, así que es bastante difícil dormir.

Al ver lo que uno tiene que soportar y lo extremadamente difícil que es salir de esta prisión en Estados Unidos sin ser deportado (la situación más común es pasar varios meses esperando una fecha en la corte y aun así que te nieguen todo), muchas personas terminan solicitando inmediatamente la “autodeportación” solo para evitar tener que soportar la tortura psicológica a la que estamos siendo sometidos.

“Extraño la comida de mi mamá.”

—Dylan, 20

Si quieres que el estrés y la depresión no se apoderen de ti, tienes que encontrar maneras de ocupar y distraer tu mente.

Por ejemplo, he visto personas coloreando, pintando y dibujando. Otras personas incluso logran crear sus diseños y dibujos en ropa y gorras – como un chico de “C1” que pinta personajes de anime como Goku y hace dibujos por encargo. También hay un hombre mayor que hizo una aguja con una batería e hilos de toallas, los tiñe de diferentes colores y hace bordados en la ropa.

Una ilustración hecha por Dylan en una carta que escribió en detención. Foto: Cortesía de The Guardian. 

Yo me distraigo haciendo sudokus, sopas de letras y jugando juegos de mesa como Ludo, Uno y Monopoly. También, leo libros. En este momento, estoy leyendo uno titulado María, de origen colombiano.

Tenemos acceso todo el día a llamadas telefónicas, así que puedo comunicarme con mi familia cuando quiera, aunque todas las llamadas tienen costo. No he hablado con amigos porque no tengo sus números. No sabría decir qué es lo más difícil, pero si tuviera que inclinarme por algo, sería la confiscación de mi celular, que me ha dejado desconectado de mis seres queridos.

Y la comida, que es terrible. Extraño la comida de mi mamá.

A mis amigos les pido que se cuiden mucho, porque no quiero que pasen por algo tan terrible como esto.

Espero que esto llegue a su fin pronto para poder estar con ustedes y, si no, los llevaré en mi corazón.

Roger, 17 años, estudiante de décimo grado de secundaria 

Roger en su clase de estudios globales. Foto: Cortesía de The Guardian.

Cuando me enteré de que Dylan fue arrestado, era temprano en la mañana, alrededor de las 9:15 a.m., más o menos. Estaba haciendo una tarea de historia.

Mi reacción fue de impresión. No sabía qué decir o hacer, todavía no podía procesarlo.

Mi amistad con Dylan era cercana, siempre jugábamos y nos sentábamos juntos en clases. Él era carismático. Rápidamente nos hicimos muy buenos amigos. Solíamos hablar de todo y de nada, de las clases, las tareas, la familia, la vida y el fútbol.

Algo que me gustaba de él es que siempre ayudaba, o por lo menos intentaba ayudar cuando alguien lo necesitaba. Era muy amable.

No podía creer que se lo hubieran llevado. Le envié un mensaje, por si acaso: “Hola milaneso” (“Hey cutlet” era solo una forma en que nos saludábamos). No respondió. Intenté de nuevo: “Amigo, ¿estás bien? ¿Por qué no estás respondiendo?”.

No hablamos de Dylan ahora, o no mucho. Nos preguntamos: “¿Por qué arrestaron a Dylan? Él es un buen chico”. Hay tantos criminales y se llevaron a alguien que no estaba haciendo nada malo, que solo estaba tratando de salir adelante.

Me preocupa que mis otros amigos también puedan ser arrestados. Es un miedo constante que tengo y siempre estoy preocupado cuando salen y yo no estoy ahí porque no quiero que les pase nada malo. Temo y me preocupo por lo que podría pasarles. Cuando estoy en casa, tiendo a pensar en los peores escenarios y eso me deprime mucho.

“Mi reacción fue de impresión. No sabía qué decir o hacer, todavía no podía procesarlo.”

—Roger, 17

Algo que me ayuda a sentirme mejor es escuchar música o jugar bádminton. De esa manera despejo un poco mi mente y me ayuda a pensar mejor, así no estoy tan abrumado pensando en las redadas de inmigración.

Si pudiera hablar con Dylan ahora le diría: “Oye, amigo, ha pasado un tiempo, espero que todo mejore pronto, vas a superar esto, hermano”. Me gustaría hablar sobre cómo se está sintiendo. Realmente no sé qué me diría Dylan, pero seguramente sería algo reconfortante, para calmarme un poco.

Shannel, 19 años, estudiante de último grado de secundaria

Una exhibición de la graduación expuesta en el pasillo de la academia. Shannel lo ve como una demostración de lo exitosos que pueden llegar a ser los inmigrantes. Foto: Cortesía de The Guardian.

La inmigración no es solo un tema para mí, es mi realidad. Como estudiante en una escuela internacional en Nueva York, estoy rodeada de historias de migración todos los días, llenas de esperanza, miedo, valentía y un profundo deseo de algo mejor. Soy inmigrante, mis compañeros de clase son inmigrantes y mis profesores son hijos de inmigrantes.

Aunque venimos de diferentes lugares, todos compartimos el mismo sueño de seguridad, oportunidad y libertad. Sin embargo, los caminos que tomamos para alcanzar esos sueños a menudo son muy diferentes y algunos están llenos de muchos más obstáculos que otros. Algunos de mis amigos viven con un miedo constante que moldea sus vidas diarias. 

Sus padres podrían ser llevados en cualquier momento simplemente por no ser “legales”, incluso mientras van al trabajo o hacen cosas del día a día en las que la mayoría de las personas no tienen que pensar dos veces.

Veo la preocupación en los ojos de mis amigos, el silencio en sus voces y el estrés que cargan desde sus casas. A veces, mientras estoy sentada en clase, me pregunto si mi amigo seguirá ahí al día siguiente o si algo injusto lo separará de las personas que más ama. Vivir con esa incertidumbre es inimaginable para muchos, sin embargo es una realidad diaria para incontables familias a mi alrededor.

Mi camino propio como inmigrante me ha enseñado sobre adaptación, resiliencia y sacrificio. Mudarse a un nuevo país significa aprender un nuevo idioma, ajustarse a costumbres desconocidas y extrañar el hogar de formas que no siempre pueden ponerse en palabras.

“Veo la preocupación en los ojos de mis amigos, el silencio en sus voces y el estrés que cargan desde sus casas.”

—Shannel, 19

Ver a mis compañeros enfrentar luchas aún mayores me ha abierto los ojos al hecho de que la inmigración no es solo un debate político o un asunto legal. Un arresto migratorio no solo afecta a la persona detenida, sino que sus consecuencias pueden destrozar vidas enteras. Aquellos que son arrestados no son simplemente “casos” o “números”, son hijos e hijas, padres y cuidadores, personas que son profundamente amadas y que vinieron buscando una oportunidad para un futuro mejor. Cuando uno de ellos es llevado, no es solo su vida la que se hace añicos, sino también la vida de las familias que dependen de ellos y cargan un dolor que la mayoría de las personas nunca verán verdaderamente.

Oumar, 21 años, estudiante de último grado de secundaria

Vista desde la ventana de la cocina de Oumar. Foto: Cortesía de The Guardian.

¿Alguien realmente “pertenece” a Estados Unidos? Incluso si naciste aquí, la historia de tu familia comenzó en otro lugar. Estados Unidos no es un lugar de un solo origen, sino un lugar de muchos recorridos.

Estados Unidos dice que da la bienvenida a los inmigrantes, pero no siempre se siente que sea verdad. Lo viví yo mismo en el momento en que escuché que ICE arrestó a uno de mis compañeros de escuela. La primera pregunta que tuve fue: “¿Desde cuándo están arrestando a alguien que estaba en la escuela?”. Cada vez que iba a la escuela o al trabajo, el miedo de perder a alguien que me importaba me aterrorizaba y me mantenía constantemente preocupado.

Con el paso del tiempo, comencé a fijarme en los oficiales de la ley con más frecuencia, especialmente en lugares donde la gente usualmente se sentía cómoda, como cerca del tren o frente a las tiendas. Escuché que incluso ciudadanos estaban siendo arrestados, lo que se sintió como si el suelo se abriera, un sistema tragándose a personas que habrían estado a salvo.

Vivir en Nueva York durante este tiempo cambió la manera en que me movía por la ciudad. La gente no siempre hablaba de ello en voz alta, pero todos sabíamos en qué áreas ICE había estado recientemente. Nueva York se llama a sí misma una ciudad santuario, eso me ha dado un poco de consuelo, pero no borra el miedo que veo a mi alrededor. A veces me sorprendía mirando a mi entorno más de lo que solía hacerlo, solo para ver quién estaba parado cerca. No me despertaba cada mañana con miedo, pero sí empecé a ser más cuidadoso sin siquiera darme cuenta. Se convirtió en algo que llevaba conmigo cada vez que salía de casa, casi como un hábito que nunca pedí.

“No me despertaba cada mañana con miedo, pero sí empecé a ser más cuidadoso sin siquiera darme cuenta. Se convirtió en algo que llevaba conmigo cada vez que salía de casa, casi como un hábito que nunca pedí.”

—Oumar, 21

Todavía estoy tratando de entender cómo un país con la palabra “Unidos” en su nombre se ha convertido en una nación dividida entre aquellos que son bienvenidos y aquellos que son vigilados. Un país que olvida sus propias promesas, porque si Estados Unidos se supone que debe proteger a las personas, entonces ¿por qué tantos sienten que están siendo señalados? Y antes de crear nuevas leyes sobre quién pertenece aquí, ¿no deberíamos repensar quién vivió aquí primero y quién fue expulsado?

Abigail, 18 años, estudiante de once grado de secundaria 

 La pared de la habitación de Linda está adornada con fotografías de su familia y amigos. Las características que sirven para identificar han sido oscurecidas digitalmente por privacidad. Foto: Cortesía de The Guardian.

Me mudé a la ciudad de Nueva York desde la República Dominicana en 2022 y lentamente empecé a abrirme. Comencé a encontrar personas con las que conectaba.

Crecí sabiendo que era diferente y por primera vez había encontrado un hogar donde podía ser yo misma con amigos que también son dominicanos o latinx. La mayoría son, como yo, miembros de la comunidad LGBTQ+. Ver sus sonrisas con cada broma, o mirar las fotos que tomamos me hace sentir agradecida.

El año pasado, fui a mi primer desfile del orgullo. Fui con un grupo de amigos, todos tomamos el metro desde el Bronx hasta Manhattan. Mi amiga me llevó una bandera con el arcoíris enorme que até alrededor de mi cuello y una bandera pansexual más pequeña que puse en mi afro. Me sentí poderosa y pensé en todas las personas que lucharon por mí y por nosotros para estar justo ahí en ese momento.

Sin embargo, pronto me di cuenta de que la vida en Estados Unidos es como una rosa con espinas.

Veo cómo los derechos de las personas trans, de las personas LGBTQ+, de los inmigrantes están siendo arrebatados. Me asusto. Cuando voy a mi página “Explorar” de Instagram o a Google y veo las noticias, las comparto para cualquiera que necesite saberlo. Un compañero de clase me contó sobre cómo el gobierno quería poner el sexo biológico de las personas trans en sus documentos. Les hice saber que siempre estaré ahí para ellos.

En la primavera, recuerdo que un consejero nos dijo que tuviéramos cuidado, porque ICE estaba presente en nuestros vecindarios. Inmediatamente, el pánico me invadió.

Cada vez que alguien toca la puerta de mi apartamento, tengo miedo de que sean las personas que odian a las comunidades a las que pertenezco.

Desearía haber podido hacer más, desearía haber sido capaz de hablar en voz alta en las protestas; pero estaba demasiado asustada porque yo misma soy inmigrante.

Tenía miedo de salir y no poder regresar a casa. Tenía miedo de afectar a otros en mi hogar. Tenía miedo de que mis palabras se convirtieran en un arma apuntándome a mí.

“Cada vez que alguien toca la puerta de mi apartamento, tengo miedo de que sean las personas que odian a las comunidades a las que pertenezco.”

—Abigail, 18

ICE no solo se está llevando a los inmigrantes, también se está llevando sus ambiciones. Durante estos tiempos, somos empujados a renunciar a nuestra paz, seguridad e igualdad.

Bailar y escribir en mi diario me ayuda a atravesar estos momentos aterradores. Dejo que mi cuerpo fluya al ritmo de una gran variedad de melodías para mantener alejados a los demonios. Me ayuda porque me hace sentir capaz de crear una persona diferente dentro de mí, alguien que es capaz de defenderse.

Yesiel, 18 años, estudiante de décimo grado de secundaria

Yesiel disfruta escuchar música. Foto: Cortesía de The Guardian.

Llegué por primera vez al Bronx desde San Francisco de Macorís, en la República Dominicana, en 2018. En muchos sentidos, Nueva York era completamente diferente de mi país, pero en otros sentidos, se sentía familiar. El Bronx era ruidoso y atestado de personas. Estaba lleno de música y movimiento, igual que mi ciudad natal. Mi vecindario estaba lleno de otros inmigrantes, como yo: mis vecinos y compañeros de clase también eran de la República Dominicana, Colombia, o Ecuador. Muchos de ellos hablaban español, así que sentía que podía conectar con ellos más fácilmente.

Pero dentro de un año, mi familia tuvo que mudarse de nuevo, por razones económicas, a Pensilvania. Ese fue un gran cambio. En Pensilvania, las cosas son muy tranquilas. No escuchas trenes ni música como en el Bronx, lo que significa que no escuchas el movimiento del lugar. Me pareció aburrido y difícil de acostumbrarse. También vivía nervioso, preguntándome si las nuevas personas que conocería me querrían, o cómo me tratarían.

“Aún es complicado para mí hablar con un estadounidense, porque no puedo expresarme de la manera que quisiera. Es como estar dentro de un mundo solitario, donde tus expresiones son malinterpretadas.”

—Yesiel, 18

Cuatro años después, nos mudamos de nuevo al Bronx. Tuve que volver a adaptarme a un ambiente ruidoso y bullicioso. Y, una vez más, tuve que empezar en una nueva escuela.

Encontrar una nueva fue complicado, porque la mudanza fue repentina. Pero por la gracia de Dios, ELLIS International Preparatory me abrió sus puertas.

Las primeras semanas fueron difíciles. Tan pronto como me inscribí, los directores me dijeron que mi nivel de inglés no estaba donde debería estar y que tenía que repetir noveno grado. Pensé “¿Por qué? ¡No pueden hacerme esto!” Tendré que pasar por todo de nuevo, las mismas tareas, clases, reaprender lo que ya sé.

Estaba enojado. Me molestó durante meses, pero tuve que aceptarlo. Estoy aprendiendo más inglés y ahora me considero un hablante de inglés, pero uno nunca sabe algo al 100%. Todavía estoy aprendiendo.

Aún es complicado para mí hablar con un estadounidense, porque no puedo expresarme de la manera que quisiera. Es como estar dentro de un mundo solitario, donde tus expresiones son malinterpretadas.

Metodología de reportaje: Este reportaje se realizó en colaboración con estudiantes y profesores de ELLIS Preparatory Academy. A lo largo de dos meses, los estudiantes se reunieron con reporteros de The Guardian para compartir sus historias mediante entrevistas orales y escribieron ensayos originales en inglés y español. Solo se utilizó el nombre de pila de cada estudiante para proteger su identidad. Exposure Bar NYC brindó las cámaras desechables y reveló las fotos, como parte de su labor como iniciativa con sede en el Bronx enfocada en crear servicios de fotografía analógica asequibles para artistas emergentes y comunidades marginadas.

Este artículo fue publicado originalmente por The Guardian.

Traducción por Ana Maria Betancourt Ovalle.

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